Reportaje: Datos alarmantes de LGBTIFOBIA

UNOS DATOS ALARMANTES DE LGBTIFOBIA ENTRE LOS JÓVENES Y ADOLESCENTES ANDALUCES

Como muestra un botón: más de la mitad de los jóvenes de Andalucía ha sufrido o ha sido testigo de homofobia, bifobia o transfobia en su entorno más cercano, ya sea el centro educativo, familiar o en la calle. Teniendo en cuenta que hay muchas actitudes que los adolescentes no identifican como homófobas, podemos aventurar, sin temor a equivocarnos, que ese porcentaje podría ser mucho mayor.

¿Qué está pasando? ¿Cuáles son las causas que nos llevan a estos terribles datos? Y, especialmente ¿Qué terribles consecuencias puede tener para las víctimas?

Intentemos desgranar un poco esta maraña que nos hace peor como sociedad.

A tenor de los datos extraídos del Informe sobre la lgtbifobia y el Conocimiento de la Diversidad Sexual entre los adolescentes y jóvenes andaluces, presentando este mismo año 2018 por el Observatorio Andaluz contra la Homofobia, Bifobia y Transfobia, en el que se ha entrevistado a cerca de 1500 alumnos de más de 50 clases en IES de todas las provincias, extraeremos los que consideramos más relevantes para lograr escarbar un poco y buscar las causas. Aunque ya adelantamos que el principal motivo de que todo esto ocurra es la heteronormatividad instalada en la sociedad y en la mayoría de las mentes.

Vemos, como ejemplo aclaratorio de esto que afirmamos, que hay aún más de un 22% de los jóvenes que creen que en una relación homosexual un miembro de la misma hace de hombre y otro de mujer. De esta manera, no solo perpetúan roles establecidos, sino que además confunden de manera flagrante la orientación sexual de una persona con su identidad de género. Que 22 de cada cien jóvenes piensen esto solo nos dice que para ellos solo son válidas las relaciones hombre-mujer y, por tanto, para poder entender las relaciones homosexuales deban adecuarlas a este imaginario colectivo en el que uno de ellos, por norma, debe perder o cambiar su identidad bien sea como hombre o como mujer para que la relación sea “heterosexual”. Terrible.

Y más terrible es que haya un 7% que aún sostiene que la transexualidad es una enfermedad, con lo que todo esto conlleva. Una enfermedad no es una condición humana, es algo malo que debe ser curado, por lo tanto, estos jóvenes estarían a favor de las terribles terapias que se practican en muchos lugares del mundo para que los jóvenes “dejen” de ser homosexuales o transexuales y se conviertan en “normales”. No es de extrañar cuando la Organización Mundial de la Salud -OMS- quitó de su catálogo de enfermedades mentales la transexualidad este mismo año ¡2018! Un triunfo que llega muy tarde y que ha supuesto y supondrá el arruinar las vidas de muchas personas.

Sigamos, que aún hay más.

Vayamos al tema de los derechos que aún se les niegan al colectivo LGBTIQ+, unos derechos humanos que no se discuten en la comunidad heterosexual. Según el 7,47% de nuestros adolescentes y jóvenes las parejas formadas por dos personas del mismo sexo no deberían adoptar hijos, no deberían tener derecho a ello. Parece que para este porcentaje de población juvenil la capacidad de ser buenos padres queda anulada por la orientación sexual, de traca. Parece que el amor, el cariño, la protección, el deseo de ser padres, incluso la situación económica no son importantes, pero sí lo es que dos “maricas” quieran realizar un sueño. De eso nada, las familias deben ser como las de siempre, un papá, una mamá, unos hijos y, si nos apuráis, un perro y una casa en las afueras con jardín y valla blanca.

Pero es que aquí no se acaba el tema de los derechos que pueden disfrutar o no el colectivo LGBTIQ+: según el 15% de los encuestados, los homosexuales y transexuales exigen demasiado. Está claro, exigir una vida digna e igual al resto es pedir demasiado. Exigen que se les respete, que no vayan con miedo a ser agredidos cuando pasean por la calle de la mano de su pareja, que no tengan que pensarse dos veces darle un beso, poder casarse o formalizar su relación, disfrutar de un buen trabajo, no tener que ocular su “pluma” etc. Eso, por lo visto, es exigir demasiado. Parece ser que los derechos humanos no son tales y solo pueden disfrutarlos una parte de la población.

Otro dato realmente llamativo que han arrojado las encuestas es que el 42,08% prefiere saber de antemano si un conocido es homosexual a fin de evitar encontrarse con situaciones en las que estarían incómodos. Aunque en principio esto nos puede parecer hasta válido y no ver el problema de homofobia que hay latente, pensemos que la situación se refiriera a personas heterosexuales. Nos resultaría ridículo que una persona heterosexual se presentara como tal ante un grupo de conocidos. El problema principal aquí radica en que presuponemos la heterosexualidad y que vemos aún como una anomalía la homosexualidad o transexualidad, incluso como algo exótico y “cool” tener amigos del colectivo LGBTIQ+, entendiendo una simple orientación o identidad como el todo que define a la persona. Es más, si queremos ver lo fuera de lugar que resulta esto, tan solo cambiemos la preguntas a las que se enfrenta el colectivo día sí, día también:

“¿Cuándo te diste cuenta de que eras heterosexual?”
“Cómo heterosexual, ¿cuándo decidiste salir del armario?”
“¿Juan, cómo se tomaron tus padres que les presentaras a María?”
“¿Eres heterosexual? Eso es que no has probado una buena…”
“No tengo nada en contra de los heterosexuales, pero que no se les note”
“Me parece bien que seas heterosexual, pero a mi me gustan las personas de mi mismo sexo”.

Y así ad nauseam. Suena de chiste ¿verdad? Pues a esto se enfrenta el colectivo diariamente. Por hacer una analogía aclaratoria, pensemos que por un día vayamos en silla de ruedas, solo entonces nos daremos cuenta de todos los obstáculos a los que tienen que enfrentarse las personas que van en ellas. Sin duda, la vida es más fácil si entras dentro de la heteronormatividad.

Enlazado con este punto anterior, vemos que para un 12,22% de los encuestados es difícil o trabajoso entablar amistad con una persona homosexual o transexual. Parece ser que temas determinantes para hacer un amigo/a, tales como afinidad, gustos e ideas comunes, cercanía, compartir sentido del humor, etc, quedan relegados a un segundo plano o no tienen tanto peso si la persona que podría ser nuestra amiga por todo lo anterior pertenece al colectivo LGBTIQ+. Así nos va.

Cambiando de tercio, pero siguiendo con el grave problema de lgtbifobia del que adolecen los jóvenes, vemos como uno de los datos más preocupantes que se ha detectado en este estudio es que hay un 8,07% que creen que tener un profesor/a homosexual puede influir negativamente en su educación. Sin lugar a dudas, es terrible que aún haya un porcentaje de chicos y chicas que crean que la orientación de su educador puede ser algo negativo o pueda influir de manera incorrecta en ellos y en la educación que reciben. De nuevo vemos que las capacidades y aptitudes de la persona quedan reducidas a una parte de ellas, a pensar que el hecho de pertenecer a un colectivo -que además no se elige- pueda menoscabar algo tan importante como es el derecho a una educación justa, veraz y objetiva.

Otro tópico homofóbico que aún perdura y que se ha transmitido a nuestros jóvenes es el de creer que las personas del colectivo LGBTIQ+ son más promiscuas que las personas heteronormativas. A pesar de que son muchos los estudios sociológicos que desmienten esta afirmación, es una creencia tan arraigada que aún hay un 17,65% de adolescentes que aún la sostienen. Asocian conductas promiscuas (aún teniendo que explicarles a muchos de ellos qué significa la palabra) a una determinada orientación sexual y no a otros valores o conceptos de la persona. Se trata de un dato llamativo y preocupante en tanto que perpetúa unos estereotipos falsos, al mismo tiempo que se ve como algo negativo que una persona mantenga muchos contactos íntimos con otras personas, en vez de valorar si esta conducta se lleva a cabo de manera segura, consensuada y respetuosa.

Al hilo de la valoración de la promiscuidad, más preocupados nos deja aún el ver como hay un 26,47% de jóvenes que señalan que el colectivo homosexual o transexual tienen más posibilidades de contraer infecciones de transmisión sexual -ITS-. En este punto es destacable que no se vea el problema en una falta de educación sexual o, incluso, en un problema de discriminación laboral, social y afectiva hacia el colectivo, especialmente el transexual, abocado en muchas ocasiones a la prostitución. Volvemos a lo mismo, si bien numerosos estudios sanitarios advierten de que las ITS alcanzan a toda la población sexualmente activa y que se debe a no practicar sexo seguro, vemos que hay un altísimo porcentaje de chicos y chicas en los que aún perdura la idea de que tener una determinada orientación sexual o identidad de género te hace más proclive a contraer estas enfermedades. Una falacia que aún se perpetua y se transmite.

Aún quedan tres asuntos que afectan a la homofobia social entre los adolescentes y que son muy destacables a tenor de los resultados extraídos del Informe y en los que es importante y urgente trabajar. Por un lado, a la pregunta de si se puede distinguir a una persona homosexual por su manera de vestir, hablar o expresarse o, incluso, por su profesión, vemos que hay un 27,2% que así lo cree. Se perpetúa así la idea de que la homosexualidad tiene una sola forma típica de expresarse, alentando la plumofobia en el entorno e, incluso, abocando al armario a aquellas personas que no encajan en la idea colectiva de como “debe ser” una persona homosexual. Vamos, que todos peluqueros, estilistas, decoradores de interiores, organizadores de bodas o, con suerte, presentadores de televisión. Venga, que no hay trabajo suficiente para el colectivo en estas áreas, alguno habrá que sea abogado, ingeniera, político, barrendera, amo de casa o mil opciones más.

Hemos dejado para el final una de las cuestiones que más nos deben preocupar por los resultados de las respuestas que se dan en el Informe del Observatorio. Ante la pregunta de si las personas homosexuales tienen derecho a expresar su afectividad en público, vemos con todas las sirenas de las alarmas encendidas que el 7,99% de los encuestados opina que no, que no tienen derecho y que no deberían hacerlo. Si bien hay un 92,1% que cree lo contrario, es muy preocupante que ocho de cada cien jóvenes crean que no es de rigor que dos chicas se besen o que dos chicos vayan de la mano, mientras que no ven ningún problema si hablamos de parejas mujer-hombre. Vemos que este gran problema se traduce en muchas ocasiones, como tristemente asistimos a menudo, como parejas del mismo sexo son agredidas precisamente por expresar su cariño, abocando a estas parejas a la “clandestinidad” e intimidad de espacios donde se sientan seguros y no puedan ser vistos por miedo a estas agresiones homófobas. Si queremos acabar con los guetos, primero debemos acabar con la lgtbifobia. No podemos decir que los homosexuales o los trans prefieren estar en guetos cuando simplemente a veces es el único entorno seguro que les queda. No echemos balones fuera, no culpemos a la víctima de no querer integrarse cuando la culpa única y principal es la intolerancia, el temor y el rechazo social.

Por último y para cerrar el círculo, 75 de cada cien jóvenes andaluces afirman que conocen a alguna persona homosexual o transexual en su entorno. Es decir, la mayoría -aunque no debemos olvidar que aún hay casi un 25% que no- están familiarizados con las diferentes orientaciones o identidades de género. Por lo que quizás el problema de homofobia reside más en cómo manejan los adolescentes los mensajes que les llegan en torno al colectivo LGBTIQ+ y el desconocimiento que tienen sobre el mismo.

En definitiva, mucho trabajo por hacer, muchos tópicos por derribar, muchos tabúes por superar. El problema es que mientras logramos esto, hay personas que sufren, a las que se les humilla y desprecia, a las que se les agrede y tortura, que muere. Y ellas no son ni fríos números ni porcentajes en un gráfico de colores.

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